2/7/12

Urubamba, Moray, Chinchero, Wayra, Sacsayhuaman

El encanto que tiene el Cusco que tanto fascina a los grandes, también deleita a los más pequeños.

Alternativas para los niños hay muchas, solo hay que saber adónde ir.

Por el tema de la altura, la primera parada debe ser Urubamba. En el Valle Sagrado se respira libertad y hay grandes espacios al aire libre, la mejor combinación para que un niño tenga diversión asegurada.


En Moray, las andenerías circulares rodeadas de un paisaje montañoso es el deleite de los niños. Cerca también se encuentran las salineras de Maras, un gran mundo de sal donde los pequeños podrán aprender de dónde proviene este alimento que consumimos a diario.

Muy cerca, a solo unos 20 minutos de Moray está Chinchero. Ahí se han implementado didácticos talleres de textiles en donde señoras de la zona hacen divertidas demostraciones de todo el proceso de hilado y teñido de estos tejidos, famosos por ser de los más bellos de la región.

Otra opción para pasar la tarde es Wayra, que es un centro campestre del hotel Sol y Luna, que ofrece diferentes experiencias a los visitantes del valle, muchas de las cuales están dedicadas a los más pequeños como los talleres de cerámica, textilería y cocina. También ofrecen paseos en caballo de paso, excursiones en bicicleta, cuatrimotos y kayacs en el lago.

Una vez en el Cusco ciudad puede programar el día para visitar el complejo de Sacsahuamán, donde hay formaciones naturales de piedra que los niños usan como resbaladeras. Ahí mismo puede contratar caballos que lo lleven hasta la Zona X para conocer sus misteriosas cuevas. Para recuperarse por la tarde, qué mejor que un café en Yanapay, un lugar lleno de juguetes a unas cuadras de la plaza del Cusco. Fuente El Comercio.

Relatos de viaje por el Camino del Inca


Descanso a mitad de camino, al inicio del trayecto.

En nuestra edición anterior, la autora relató su viaje a la ciudad de Cusco, en Perú. Era la antesala para poder acostumbrarse a la altura, ya que la meta final era recorrer el Camino del Inca, de 45 kilómetros de extensión, en el que se llega a un pico máximo de 4.215 metros sobre el nivel del mar.

TEXTOS. MELANIA NIERES. FOTOS. MELANIA NIERES y germán scarafía.

Si tengo que calificar el primer día del recorrido que hicimos por el Camino del Inca puedo decir que fue pintoresco y fácil. Luego de haber disfrutado dos días en Cusco y Pisac, en el Valle Sagrado -tal como conté en la nota anterior-, recomendados para adaptarnos a la altura, comienza la odisea de realizar el Camino del Inca. Fue una idea que surgió hace más de cuatro años, que se planeó hace cinco meses y se empezaba a concretar.

La aventura comienza en Piscacucho, donde llegamos al famoso kilómetro 82. Antes de atravesar un puente para cruzar el río Urubamba, los turistas del grupo presentamos el pasaporte. Una vez sellado, ingresamos oficialmente al Camino del Inca o Camino de Oración.

La mayoría cargamos nuestras mochilas. En ellas aconsejaban el menor peso posible o un 10% del peso propio. Creo que todos excedimos esa regla aun cargando sólo lo esencial. Otros pagan a una persona (conocida como porteador) para que la cargue, la deje en el campamento y así caminar alivianado y sólo con lo básico (agua, snack, piloto y cámara fotográfica).

El porteador, además de llevar las mochilas de los turistas, carga con las carpas donde se almuerza y cena y en las que dormimos, las banquetas de plásticos, los utensilios de cocina, la comida y sus propias cosas. Los vemos comenzar la caminata con más de 30 kilos sobre sus espaldas. Así los cuatro días y a una marcha imposible de igualar.

Cada uno camina a su propio ritmo y en los lugares comunes esperamos a los que vienen retrasados. Al costado del camino vemos familias que viven y crían animales. Juan Carlos, uno de nuestros tres guías, nos cuenta que son personas que hace años habitan el lugar, que el Estado los deja seguir viviendo, pero que no pueden ampliar ni modificar su propiedad. Comenta que los más jóvenes se van a vivir a la ciudad, a estudiar o trabajar, y que cada vez son menos las familias que viven allí.

Luego del primer almuerzo aprovechamos para apreciar la figura del cerro nevado Verónica y conocernos un poco más con nuestros compañeros de aventura. Carolina es porteña, tiene 23 años y viaja sola. Nos muestra una foto de su papá, a los 23 años, en una escalera de la ciudadela de Machupicchu. Dice que quiere tener la misma foto que él a la misma edad y que por eso comenzó el viaje. A diferencia de su padre que lo hizo con un amigo, pasando por Bolivia y durante tres meses, ella pidió diez días de vacaciones y viene en busca de ese sueño. Como ésta, 29 historias distintas de todas partes del mundo que -juntas- emprendemos la hazaña de recorrer, y finalizar, el Camino del Inca.

Los paisajes deslumbran, el día es maravilloso, el sol pega en la cara y agrada esa sensación. A pesar del peso de la mochila, que ya se hace sentir, caminamos mirando alto para no desperdiciar tanta belleza natural.

Son cerca de las 4 de la tarde y llegamos al primer campamento. Después de merendar, nos aprontamos en la carpa que nos toca y tratamos de descansar hasta la cena. La temperatura bajó. Mientras cenamos, los guías nos cuentan que el segundo día es más duro pero no imposible. Nos aconsejan que descansemos, que nos abriguemos y tratemos de dormir (fue lo menos difícil de todo).

En la mochila recomiendan: tres remeras, dos pantalones, 5 o 6 pares de medias, ropa interior, protector solar, repelente de insectos, bolsa de dormir, piloto, campera abrigada, palos de trekking, un par de zapatillas extra, toallitas húmedas (para bebé), elementos de higiene personal (cepillo de dientes y pasta dental), snacks (preferentemente chocolates), botella de agua, cantimplora o camel back de litro para recargar, gorra.

SEGUNDO DÍA: EL RETO

El primer día se vivió como una adaptación al terreno. Las montañas y el cerro Verónica, con su pico nevado, se impusieron en todo el recorrido. Hoy entramos en la “ceja de selva” y el reto será la altura, la resistencia y la constancia en la marcha.

Despertamos al amanecer. Pareciera que en lo alto de la montaña se asoma el alba más temprano. Luego del desayuno y antes de comenzar la caminata, los guías nos aclararon que hoy cada uno lleva su propia marcha, que no habrá paradas grupales, y que no tendremos que esperar a los compañeros que vienen con un ritmo menor. El camino es uno solo, no podemos perdernos.

Amaneció nublado, con chubascos en el cielo según la jerga peruana. La vía comienza llana, hasta que aparecen las primeras escaleras y parecieran no tener fin. A medida que avanzamos en distancia también lo hacemos en altura. Cuesta que el aire llegue a los pulmones. Nos agitamos cada vez más y la respiración se acelera.

En todo el camino de subida estamos acompañados por el agua. Manantiales naturales que brotan de la montaña, formando un arroyo que acompaña a las escaleras y que desemboca en el río Urubamba. El ruido del recorrido del agua por momentos es ensordecedor, pero cautiva. Entramos en la selva. La cantidad y variedad de vegetación es increíble. Se escuchan animales y hasta se ve un venado, ahí, bien cerca del camino de escaleras.

HACIA EL PUNTO MÁXIMO

Llueve, sale el sol. Llegamos a la conclusión de que es mejor dejarse el piloto de agua puesto porque las maniobras que hay que hacer para sacarlo o ponerlo, molestan y bastante. ¿O es que nosotros ya estamos medio molestos por el cansancio y la exigencia física?

En el camino hay sectores de descanso y miradores, lugares comunes para ir al baño y personas sentadas junto a una mesita ofreciendo agua o algún otro tipo de refresco. Nos aconsejan comprar bebida hidratante porque en los próximos dos días de caminata no hay más puestos hasta llegar a la ciudadela de Machupicchu. Luego el agua se obtiene de manantiales, se filtra, hierve y purifica.

Mientras ascendemos divisamos el punto máximo. Hemos dejado la selva a nuestras espaldas. Vemos otros caminantes en el “Paso de la Mujer Muerta” y el reto es llegar ahí. Nos engañamos mutuamente con nuestros compañeros diciendo que falta poco, que ya vemos a los demás, que no debe haber más escaleras.

El camino es exigente, más exigente que lo que la palabra exigente representa en cada uno de nosotros, y de ustedes. Una vez alcanzada la cima, con sus 4.215 metros sobre el nivel del mar, descansamos, disfrutamos el paisaje. Nos felicitamos, nos abrazamos y hasta lloramos con quien o quienes, durante todo el día, nos dimos aliento para dar un paso más en cada uno de los escalones que dejamos atrás.

FELICES Y RECONFORTADOS

Es allí cuando, tranquilos y agradecidos por el sol o la lluvia que nos pega en la cara, nos damos cuenta de que el camino no fue tan severo como lo veníamos sintiendo. Nos sentimos reconfortados, afortunados, felices. Todo lo que hicimos en el día de hoy, lo hicimos para llegar ahí ¡y lo logramos! Miramos lo que dejamos atrás y nos sentimos orgullosos. Miramos lo que viene después y vemos más escaleras. Una vez cruzado el “Warmiwañusca” o “Paso de la Mujer Muerta” no nos queda otra cosa más que bajar la montaña de la misma manera que la subimos. Nuevamente el paisaje parece de película y pintado a mano.

Llegamos al campamento en Pacaymayu y nos esperan con el almuerzo. Son las cuatro de la tarde. Parte de nuestros compañeros ya están y otros vienen en camino. Todos llegamos a destino, cada uno a su tiempo, con sus fortalezas y debilidades, pero cumpliendo con el objetivo impuesto.

Esta noche no hay cena para mí. El descanso después del almuerzo se trasforma en una siesta eterna, que nadie logra quebrar, ni siquiera para ingresar a la carpa a dormir en la noche. Mañana será un nuevo día.


luego de atravesar la selva, las montañas sorprenden en el segundo día.


templo del sol, que visitamos el último día.